Se muestran los artículos pertenecientes al tema La Guerra Crepuscular.
26/07/2006
Aire
Este pequeño capítulo pertenece a una serie más amplia. Si quieres leerla desde el principio puedes pinchar a la izquierda en el tema “La guerra crepuscular”.
Caigo al agua, y caigo y caigo, me sorprende no encontrarla fría, quizás porque ya estaba empapado. Durante unos segundos eternos parece que no voy a tocar fondo. Inconscientemente intento nadar, pero la armadura me lo impide, maldigo a los dioses por no haberme hecho quitármela. Avanzo sobre el fondo, no veo nada, ni si quiera sé si estoy en la dirección correcta, pero nada más puedo hacer.
Levanto la cabeza, con la esperanza de ver algún destello de luz, pero nada traspasa las negras aguas, llego a dudar de tener los ojos abiertos. De pronto me doy cuenta de que la corriente me empuja desde mi izquierda, ¡estoy en la dirección correcta! Con dificultad, sigo andando.
Mis pulmones empiezan a reclamar mi atención, suelto un poco de aire y me alivio unos segundos, luego me siento peor. Tropiezo y piso algo blando, no puedo evitar pensar que quizás sea uno de mis compañeros. Sigo avanzando. La falta de aire resulta opresiva, sin darme cuenta respiro un poco de agua y me atraganto... caigo sobre mis manos pensando que ese sería el fin de mis días. Levanto por última vez la cabeza y veo pasar rápidamente una lucecita... tardo unos segundos en analizar lo que he visto. Si no es una alucinación, es una flecha incendiaria que pasó cerca del agua. ¡Estoy a poca profundidad!
Próxima entrega: En la orilla.
25/07/2006
Un tribuno muerto.
Este pequeño capítulo pertenece a una serie más amplia. Si quieres leerla desde el principio puedes pinchar a la izquierda en el tema “La guerra crepuscular”.
El barco se inundaba rápidamente mientras un grupo de soldados empezaron, espontáneamente, a achicar el agua y otros empezaban a quitarse las armaduras. Yo no hice ni una cosa ni la otra, estaba paralizado por el terror.
El trierarca, hábilmente, decidió dirigirse hacia la orilla. El Río es mucho más estrecho por encima de la Tercera Catarata, pero quizás a causa de ello, sus aguas son mucho más fuertes. Y con nuestras armaduras no tendríamos muchas posibilidades de sobrevivir en el centro de la corriente.
Remando sólo por el lado izquierdo, el navío giró bruscamente en dirección a la orilla más cercana. Apenas recorrimos varias decenas de pies cuando nuestra proa se deshizo en astillas, el viaje había terminado.
En cuando el buque acabó de detenerse, nos llegó la bienvenida, una lluvia de flechas negras cayó sobre nosotros, sembrando gran mortandad. El capitán dio orden inmediata de saltar. Un tribuno militar fue alcanzado a mi lado y cayó al agua.
Recité una breve oración a Júpiter Victrix. Tomé aire, cerré los ojos y salté.
Próxima entrega: Aire.
22/07/2006
Las frías aguas del Hefes
Este pequeño capítulo pertenece a una serie más amplia. Si quieres leerla desde el principio puedes pinchar a la izquierda en el tema “La guerra crepuscular”.
Los grandes proyectiles, cada uno del tamaño de un buey de Liorca, empezaron a caer en torno a nosotros, salpicándonos con las frías aguas del Hefes No tardamos mucho en quedar empapados, pero teníamos otras preocupaciones mayores.
Nuestra euforia inicial se iba transmutando en impaciencia mientras los barcos recorrían la media milla que nos separaba del castillo. Luchando por su vida y la nuestra, los remeros realizaban su trabajo lo más aprisa que podían, pero el viento y la corriente se les oponían dificultando el avance.
El puerto de la fortaleza estaba en el islote central, y según nos acercábamos nos percatamos de que esta había caído. No pasaba nada, pensábamos, no habrían tenido tiempo a prepararse y les barreríamos. Ahora creo que habría sido más inteligente desembarcar en la orilla y atacar desde tierra. Pero entonces no era más que un soldado y no tenía la experiencia que tengo ahora.
Un proyectil golpeo nuestro palo, rompiéndolo por la mitad y zarandeándonos de tal manera que yo creía que íbamos a volcar. Ante nuestros ojos varios de nuestros barcos eran destruidos, y veíamos a nuestros compañeros hundiéndose, con su armadura, sin que nosotros pudiéramos detenernos a ayudarles. Sentíamos la ira crecer con cada uno de nuestros barcos alcanzados, pero lentamente, la duda iba haciéndose hueco en nuestros corazones. En mis largos años, he vivido muchas batallas, pero quizás porque fuera la primera, ninguna recuerdo el horror que yo sentí aquel día.
Ya estábamos próximos al embarcadero cuando el barco que nos precedía fue alcanzado de lleno. La lluvia de astillas llegó hasta nosotros y los gritos de miedo y de dolor nos llenaron de espanto. El barco se llenó rápidamente de agua y, a causa de ello, detuvo bruscamente su avance. Nuestro piloto intentó esquivarlo, pero estábamos demasiado cerca o no fue lo suficientemente hábil, el caso es que antes de que nos diéramos cuenta una gran masa acuática empezó a inundar nuestra proa.
Próxima entrega: Un tribuno muerto.
21/07/2006
Sangre y agua
Este pequeño capítulo pertenece a una serie más amplia. Si quieres leerla desde el principio puedes pinchar a la izquierda en el tema “La guerra crepuscular”.
Tenebra Castellum estaba sufriendo un duro asedio. Los bárbaros lo acosaban desde ambas orillas del río, pues el Tenebra Castellum estaba formado por tres grandes fortificaciones, una en cada orilla y la tercera en un islote central que formaba el río.
La blanca piedra de las murallas, procedente del este, respondía con rojizos destellos al fuego utilizado por los defensores para desconcertar a los nativos. El viento transportó hasta nosotros los terribles sonidos de la batalla, y nuestros corazones se sobrecogieron ante lo que más que ver, intuíamos. Tras unos minutos, semejantes a horas, nos acercamos lo suficiente como para comprobar la tragedia que se vivía en Tenebra Castellum. La fortaleza sur había caído en manos del enemigo. Y sus poderosas máquinas de guerra eran utilizadas para hostilizar la fortaleza norte. Los anchos arcos de piedra que unían las tres construcciones, soberbios ejemplos de la ingeniería imperial, carecían de mecanismos que permitiera destruirlos con facilidad. Y la ancha pasarela había servido a los bárbaros para acceder al bastión central donde se combatía duramente. Los negros navíos empezaron a acelerar su curso. Mis compañeros empezaron a lanzar gritos de guerra, y yo me sentí transportado por ellos. Éramos novatos, sí, pero éramos una legión completa. Una legión del Imperio. Un refuerzo que el enemigo no podría detener. Un refuerzo que decidiría la batalla a favor de la civilización. Que ingenuos éramos.
Los músicos empezaron a tocar sus cuernos, anunciando nuestra llegada en un esfuerzo por elevar la moral de los nuestros y sembrar el miedo en el enemigo. Por un instante, el combate pareció detenerse. Ambos bandos parecían analizar el cambio en la situación. Un grito de euforia se alzó desde la fortaleza norte y nosotros lo saludamos con grandes alaridos. Pretendíamos parecer temibles.
La fortaleza sur reaccionó girando sus artefactos de asedio, dirigiéndolos hacia nosotros. El castillo fue construido en tiempos de Nilo el constructor como fortín antipiratas y en sus buenos tiempos nuestra flotilla habría sido despedazada con facilidad. Pero los años de paz en el río habían perjudicado a la maquinaria. Además, el enemigo no estaba acostumbrado a utilizar aquellos mecanismos. Teníamos una oportunidad. Y estábamos decididos a apostar por ella.
Próxima entrega: Las frías aguas del Hefes.
19/07/2006
Río oscuro
Por encima de la Tercera Catarata, el río se vuelve negro. Entendí que los bárbaros lo llamaran Eskartrendo (río oscuro).
Tardé en darme cuenta, está muy oscuro allí arriba y yo estaba admirado con las nubes perennes que tapan la luz del sol. La gente que lleva muchos años viviendo en Orquia es capaz de distinguir el día de la noche, sin embargo yo puedo jurar que jamás fui capaz de ello.
Desde niño había escuchado historias de aquel tramo del río. Millones de veces había jugado a bárbaros contra legionarios, y miles de veces me sentí transportado a aquellas lejanas tierras donde el Imperio debía demostrar su heroismo.
Pero de pronto me veía convertido en uno de esos legionarios... y no me sentía nada heroico. De hecho, estaba confuso... Siempre me habían dicho que los legionarios recibían un duro entrenamiento antes de ser enviados al combate. En cambio, el nuestro se había reducido a recibir las armas y subir al barco... Yo me sentía absolutamente inseguro, en Sila estaba orgulloso por mi uso de la espada, pero nunca había matado a un hombre y jamás había combatido en formación.
La flotilla avanzaba en un silencio insoportable. Nos habían dado la orden de mantenernos en silencio, y pocas veces una orden fue obedecida con tanta solicitud. Aunque más profundo, el río es allí mucho más estrecho y cualquier lugar parecía idóneo para una emboscada.
Sin embargo, los remos de la III Flota siguieron golpeando las aguas con desesperante lentitud. Yo estaba asustado. Y sin embargo, me decía a mi mismo, todavía no tenía motivos. Hasta que los negros navíos superaron una gran curva, los remos empezaron a acelerar y descubrí los muchos motivos que tenía para preocuparme.
Próxima entrega: Sangre y agua.
18/07/2006
IX cohorte, VII Centuria, XIII Legión.
Más que a una multitud creí tener ante mi a las propias legiones del infierno... brazos, piernas y cabezas, personas, cerdos, vacas y caballos, todo se mezclaba sin orden alguno, y sin que pudiera distinguirse donde empezaba una criatura y donde terminaba otra. Los rostros estaban sucios, cansados, hambrientos... y más que furiosos, desesperados. Una señora levantaba a su hijo sobre su cabeza para evitar que fuera pisoteado. El grupo de legionarios que impedía a la multitud alcanzar la puerta se mostraba cada vez más nervioso, y más de uno tenía la mano sobre la espada. Un anciano daba muestras de inconsciencia, y si no se había caído era, seguramente, por falta de espacio para ello. Un centurión se desgañitaba gritando “paciencia””todo el mundo podrá salir” “grupos de veinte personas, por favor” “El ejército tiene preferencia en el uso de la escalera”
Nunca había visto tanta gente junta, ¡no sabía que existieran tantas personas!. No se trataba solo de los habitantes de Terminus, miles de refugiados venían huyendo las colonias de Orquia, con la intención de ganar el río. ¡Tan desesperado parecía el futuro de la provincia!
No sé como, pero nuestro tribuno consiguió hacerse hueco entre la muchedumbre y arrastrarnos tras él, al grito de “paso al ejército”. De esta forma pudimos llegar hasta el Campo de Marte, habilitado en una explanada ante el río. Yo estaba muy nervioso, y apenas me enteré de lo que estaba pasando a mi alrededor. En aquel campo había gran cantidad de filas de personas que estaban siendo alistadas. Yo entonces no lo sabía, pero la Legio II, la III y la VII habían sido diezmadas y refundidas en una sola. La Legio V, sin embargo, había dejado de existir. El Imperio necesitaba nuevos soldados, y aquel día, bajo el cielo permanentemente oscurecido de Terminus, nació la Legio XIII. Y yo fui adscrito a la IX cohorte, VII Centuria.
Próxima entrega: Río oscuro.
17/07/2006
Terminus col.
Con un rugido atronador, el feroz Hefes se desplomaba desde una altura de, al menos, II millas. Derrumbándose, en forma de espuma y vapor, a lo largo de centenas de yardas. Es tanta la fuerza de su caída, que el embarcadero se encuentra a III medias millas de la catarata.
El tribuno que nos había traído hasta allí nos puso en fila antes de desembarcar y nos encadenó los unos a los otros... Por un momento pensé que nunca me había sentido tan humillado. Luego pensé que, seguramente había algún motivo para que temieran tanto las deserciones, y entonces me di cuenta de que nunca me había sentido tan aterrado.
Tengo que reconocer que la cadena fue una ventaja, al menos a la hora de subir la famosa escalinata de Terminus. Aunque tallados en roca viva, los escalones han sido redondeados por siglos de pisadas, poniendo en entredicho la famosa obra de Nilo el Constructor. Además, la escalera está sometida a una permanente llovizna que no facilita, precisamente, el largo ascenso.
Creí que mis piernas estaban apunto de estallar cuando alcanzamos el puesto de guardia junto a la puerta de Terminus. La entrada a la colonia estaba delicadamente decorada, pero la muralla que la rodeaba era pobre y de escasa consideración. ¿Para qué? nunca, jamás, había sido conquistado Terminus al asalto desde el Este.
Cruzamos la puerta y, ante nosotros se mostró el caos.
Próxima entrega: IX cohorte, VII Centuria, XIII Legión.
La Tercera Catarata
Yo fui de los primeros movilizados a la fuerza. No puedo hablar de excesivo patriotismo, vivía por entonces en Sila, una pequeña colonia ganadera cercana a Norum y alejada en CXX millas del Río... Pocas veces algún mercader llegaba hasta nosotros, y nada sabíamos cuando aquel tribuno llegó con la orden de reclutamiento. Al contrario que en el resto del Imperio, ninguno pudimos ocultarnos a tiempo.
Por mi parte, y en mi juvenil estupidez, me alegré profundamente por tener una oportunidad tan buena para salir de Sila. En un par de ocasiones había bajado hasta Norum, y había visto el Río, pero nunca había viajado más lejos. Nunca había subido a un barco. Todavía me emociona recordar los tambores, y el sonido de los remos golpeando el agua. Estaba apunto de dejar de ser un niño, de la forma más brutal. Pero entonces no lo sabía.
Tardamos dos días en alcanzar la Tercera Catarata. Y en ese tiempo empecé a pensar que a lo mejor no era todo tan bueno como podía parecerme. Todo el mundo se mostraba nervioso y preocupado... aterrados, más bien. Por las noches, nos encerraban en la bodega, a pesar de lo cual, antes de alcanzar la catarata ya habían desertado doce de mis compañeros.
Poco a poco me fui enterando de lo que había pasado. Los nativos de Orquía se habían sublevado masivamente y nuestro ejército había sido barrido. Según avanzábamos hacia el oeste las noticias eran cada vez peores: Fobo Castellum había caído. Sólo resistía Tenebra Castellum, y ahí es a donde nos dirigíamos...
El rumor de la Tercera Catarata, la más poderosa del Río Hefes, ya llegó hasta nosotros la noche antes de alcanzarla. Aquel amanecer, cuando subimos a cubierta, se mostró ante mí el más impresionante espectáculo que jamás podría haber imaginado.
Próxima entrega: Terminus col.
14/07/2006
Introducción
Tras unos meses de sequía literaria, en los que intento obligarme a escribir cosas y no soy capaz de hacer nada, he pensado en una idea para reactivarme.
Los blogs han puesto de moda los microrelatos, ya sabéis, esas historias escritas en tan sólo un párrafo, como los que escriben Izmel o Betote. Los mejores de ellos son una obra maestra de la simplificación, pero tengo que reconocer que no es un género que me atraiga especialmente. No te deja explayarte como a mi me gusta.
Pero, por otra parte, tengo que reconocer su eficacia. De hecho, no debo quejarme, ya que soy el primero que difícilmente lee un relato largo en un blog. Internet es el medio de la urgencia, de la inmediatez, si algo no puede ser leído en dos minutos, no va a ser leído.
Así que voy a intentar hacer una mezcla de lo que los blogs demandan y lo que a mi me gustaría hacer. Una novela a cachitos pequeñitos, como la serie aquella de las Guerras Clon, pero por escrito. Estoy seguro de que no soy el primero en hacerlo, y casi fijo alguien me deja algún comentario en plan “lo que tú dices se llama de tal forma”
Así que sin más dilación, empiezo mi primera entrega de la que sería la saga “La Guerra Crepuscular”. No garantizo continuidad. Amenazo con aburrirme y abandonarla en cualquier momento. Así que si sucede lo peor, que nadie diga que no he avisado :)
Mi nombre es Tito Lucrecio, llamado Nason. No mucha gente me conoce, y no dispongo de esclavos que aparten las multitudes ante mi anciano paso. Y, sin embargo, mucho me debe la República.
Durante muchas décadas he guardado silencio. Pero ayer, tras la muerte del último de mis compañeros, y si los dioses me lo permiten, he decidido poner por escrito mi experiencia. A nadie ofenderé su honor, pues a nadie mencionaré que esté vivo. He tenido que esperar a la decrepitud para ello, cuando mi mano tiembla y mi vista está cubierta por una nube, pero nadie debe temer por ello. En esta edad, es un misterio para mi lo sucedido ayer, pero que nadie tema por lo que voy a relatar. Lo sucedido aquellos terribles días quedó marcado a fuego en mi alma y las terribles pesadillas que sufro cada noche me impiden olvidarlo.
Apenas hace un mes se iniciaron las celebraciones por el DXX aniversario del inicio de la guerra, y no puedo dejar de pensar en el mundo que perdimos aquellos días. Yo era tan joven... Ocioso es recordar la fecha del inicio de la guerra, pues no hay habitante del Imperio que no la conozca. Faltaban dos días para los Idus de Quinticlis del CCCXXIII año del Imperio, siendo el DII consulado de Cneo Emilio Albo. Que los dioses le tengan entre ellos.
Próxima entrega... La Tercera Catarata.


